Coged las rosas mientras podáis;
veloz el tiempo vuela.
La misma flor que hoy admiráis,
mañana estará muerta.


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14/5/18

UN CORAZÓN VALIENTE: TENIENTE ARTURO MUÑOZ CASTELLANOS





















Teniente Arturo Muñoz Castellanos


El plasma sanguíneo había llegado dos días antes al helipuerto de Metkovic, una pequeña localidad costera, justo en la frontera entre Croacia y Bosnia-Herzegovina en la desembocadura del río Neretva, donde éste pierde su color esmeralda dejándose arrastrar sin remedio posible hacia el mar Adriático.

La sangre que hace latir corazones y es la luz y el prodigio del existir llegó desde el aire. No había pocos heridos y agonizantes que, agarrados a esa única esperanza, soñaban con que llegara el plasma sanguíneo y los medicamentos, que tanta falta les hacían a los dos hospitales de una Mostar en guerra, situados uno a cada lado de la línea de confrontación: el hospital bosnio-musulmán y el hospital bosnio-croata; y eso que nadie ignora que la sangre no pide documentación ni papeles para entregar la vida, ni distingue razas ni religiones, ni hace preguntas cuya respuesta sea el odio.


Eso no lo hacía la sangre que llevaba Arturo, ni por dentro en las venas, ni por fuera, en los camiones después de recoger el plasma sanguíneo y los medicamentos en el helipuerto de Metkovic. Ya lo había demostrado cuando, pocos días antes, el día 3 de mayo, tuvo que proteger a refugiados musulmanes en el itinerario Jablanica-Konjic de las Fuerzas bosnio-croatas; y cuando, cuatro días después, el día 7 de mayo le tocó proteger a civiles croatas procedentes del ataque a Rodesine de Fuerzas bosnio-musulmanas. La Legión no distingue, diría Arturo, ni a los pobres, ni a los ricos, ni a los grandes ni a los chicos. Protege a todos. Ésa es la Legión. Y allá estaba con sus Legionarios de la 2ª Sección de la Compañía “Alba”.


El día 10 de mayo de 1993, Arturo recibió la orden de ir a recoger la sangre, su sangre, a Metkovic. La recogieron sin novedad y, por carretera, la llevaron a la Base de Medjugorje, donde les esperaban los contenedores para guardarla. No sabía que el día 11 de mayo, venía marcado en su calendario con la traza que impone el destino a los valientes. Así que se fue a descansar sin saber las heridas, que valen un mundo, que caerían sobre su piel al día siguiente.



Esa noche era calurosa y apetecía pasear para aprovechar el frescor de la caída del sol, entre árboles, por la colina de aquel antiguo Camping que ahora servía de Base a los españoles. Arturo sabía que allí al viento del sur lo llamaban Yugo y al del norte Bora, o algo parecido. Y asoció Yugoslavia al viento del sur, allá donde vivían los eslavos del sur; y el Bora, al viento boreal y frío del norte. Esa noche soplaba viento del sur, el Yugo, y las aguas esmeraldas del río Neretva empezaron a oscurecerse escondiéndose entre sus propias sombras.

Ya sabe que a la ruta del Neretva la llaman “la ruta de la muerte”, porque en Mostar se acaba de abrir un frente en el que las partes se emplean con ferocidad y dureza; mientras miles de civiles no combatientes se encuentran atrapados, prisioneros entre cristales rotos, muros derruidos y un continuo fuego de fusilería y morteros que traen heridas sin forma en los corazones, haciendo preguntas cuya única respuesta es el odio.

Y llega el día 11 de mayo, que el Teniente Arturo Muñoz Castellanos anota con lápiz terrible en su cuaderno: La Sección sale a las 11:35 de la Base de Medjugorje, dirección a Mostar, primero pasará por el hospital bosnio-croata a dejar plasma sanguíneo y medicamentos y luego hará lo mismo con el hospital bosnio-musulmán.

Sabe, porque lo vivió, que el día 9 de mayo la carretera de Dracevo a Jablanica estaba cerrada a la altura de Mostar debido a los violentos combates; es por eso por lo que aquella mañana es agregado con su Unidad a la Compañía “Austria” para intentar abrir de nuevo el itinerario hasta Jablanica. Así que no le va a sorprender cuanto va a encontrarse allí.




El Neretva los conduce entre túneles, curvas sinuosas y un valle impetuoso que sostiene a la carretera, arañada por las explosiones que la desgarran sin convencimiento pero con ira. El no sabrá nunca que “la ruta de la muerte”, después de muchas escoltas, de mucho trabajo interponiéndose entre los contendientes, pronto se llamará “la ruta de la vida” y, más tarde, conforme pasen las aventuras y los días, los bosnios la llamarán “la ruta de los españoles”.

Los vehículos entran en el bulevar y lo cruzan, sabiendo que dentro de Mostar hay poca sangre y mucho fuego; y los Legionarios se dirigen a Mostar y a sus hospitales a dar mucha sangre y a interponerse entre los contendientes para que haya poco fuego.

Entran por el barrio de Donja Mahala, y suben por Gojka Vukovica. El río Neretva, con su eterno color esmeralda, esperaba paciente, como siempre hizo a lo largo de los siglos. El convoy que manda Arturo consigue alcanzar el hospital bosnio-croata y descargar la mitad del plasma sanguíneo y los medicamentos en su primer destino y recoger a un civil herido, todo ello con intensísimo fuego de morteros y fusilería.

El aire se llena de polvo y arena mientras enfocan el camino al hospital bosnio-musulmán para descargar la sangre y los medicamentos que les corresponden, mientras desde posiciones bosnio-croatas del HVO caen, sin número, granadas de mortero, y el aire se llena de metralla.

Mientras descargan el material en el hospital bosnio-musulmán ve a un civil herido, y decide llevárselo. Como con el vehículo no puede acceder debido a las barricadas y la destrucción tiene que hacerlo a pie. Y lo hace. Deja los vehículos a cubierto y se va a por él. El fuego continúa siendo muy intenso. Cuando regresa a los vehículos, una de las muchas granadas de mortero que les cayeron durante el trayecto lo alcanza, dejándolo malherido, con los brazos como dos alas, junto al hospital donde había dejado la sangre que llevaba para dar vida y entregando también la suya y los veintiocho años que tiene. Su mujer, en Ceuta, todavía no sabe que Arturo está herido, y en ese momento mira el anillo que le regaló poco antes de partir a Bosnia. Tardará muchos años en volver a ponérselo.


Los médicos musulmanes son los primeros que lo atienden y ponen todas las ganas en salvar al Casco Azul español que acaba de dejarles sangre y medicamentos suficientes para salvar muchas vidas; además, los médicos de los hospitales en guerra saben que las heridas tampoco entienden de idiomas o religiones, y que la metralla desgarra la carne de la misma manera sin importar otra cosa que no sea la misma carne.

Partió con vida para España y cuando lo llevaron al hospital Gómez Ulla empezó a repartir un corazón, dos pulmones, dos riñones, un hígado, a todo aquel que pudiera hacerle falta. Como era de prever su corazón sigue vivo, y debe de ser fácil distinguirlo a la primera cuando ande por la calle en otro cuerpo, porque debe diferenciarse a la primera cuando alguien lleva dentro un corazón valiente.

Nota: Las fotografías de esta entrada corresponden al carrete que llevaba ese fatal día el Teniente Muñoz Castellanos en su cámara fotográfica y que han sido cedidas por su viuda.




Francisco Javier de la Uz Jiménez

3 comentarios:

Juan Salafranca dijo...

Gracias Javier, hoy lo he recordado en un programa de radio en que participo y me ha asombrado que ya hace veinticinco años. Fueron dos días de incertidumbre, aunque creíamos cuando salió para España que sobreviviría, pero un maldito coágulo se lo llevo para unirse a su más leal compañera.

Jose V. Ruiz De Eguílaz y Mondría dijo...

A la par que vivimos cómodamente nuestras rutinarias vidas, hay gentes que casi en el anonimato se juegan las suyas por un ideal. Estos son nuestros héroes. Que Dios los bendiga.

juan heredia dijo...

El artículo inmejorable, Javi; el recuerdo y homenaje que se le rindió con el toque de oración incluido, nos puso en la salida de la carrera a los ocho mil cientouneros los pelos de punta. Enhorabuena al coronel Ramón Armada, promotor de esta iniciativa, y que fue quien lo vivió en primera persona hace 25 años.