Coged las rosas mientras podáis;
veloz el tiempo vuela.
La misma flor que hoy admiráis,
mañana estará muerta.


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26/4/18

EL NOBLE BRUTO























EL CABALLO DEFINICIÓN Y GENERALIDADES


Adolfo Botín Polanco


El caballo es un animal cuadrupedo e implume. Ningún caballo es perro, aunque suelan repetirlo con frecuencia los malos jinetes. Los hombres rebuznan, desde luego, con mucha más facilidad que los caballos ladran. Y este aforismo es ofensivo a la vez para el mejor amigo del hombre y para su más útil conquista, según M. de Buffon.
El perro es probablemente el único animal que cree a priori en la superioridad indiscutible del hombre, y le mira, admirado y sumiso, como aun Dios omnipotente. Es, pues, absurdo llamar perro al caballo que se subleva contra su jinete. Se le podría llamar Satanás; mas es lo cierto que sus rebeldías son motivadas casi siempre por la inconveniencia de las órdenes del hombre, sumada a la contradición entre sus deseos y la manera de trasmitirlos.

"Cuando sientas en ti la ira - decía un sabio antiguo -, cuenta hasta ciento antes de obrar."
"Cuando estés firmemente convencido de que tu caballo es un perro - decimos nosotros -, bájate de él y toma cien lecciones de equitación antes de volver a montarlo"





HISTORIA

El es un hermano mayor del hombre, puesto que apareció en la tierra en la época terciaria, siendo así que éste no tomó la condecoración de la hoja de parra hasta la cuaternaria. Hubo un tiempo en que ambas especies se aliaron, formando un pueblo maravilloso, llamado "de los Centauros", el único, hasta el presente, del que no se ha podido decidir a ciencia cierta si marchaba a pie o a caballo. Años más tarde se separaron definitivamente. Los hombres especializándose en el crimen y el robo, necesitaron tener libres constantemente las manos, y adoptaron la locomoción en dos pies solamente. Los caballos se dedicaron a las carreras, como los jóvenes acomodados de nuestros días, y tuvieron que dedicar a ello las cuatro, determinación prudentísima, pues siempre han hecho mejor carrera los animales de cuatro patas que los de dos. Mucho tiempo después, gran cantidad de hombres, mal llamados jinetes, han hecho innumerables esfuerzos involuntarios para que los caballos adoptasen la posición constante sobre los apoyos posteriores; mas sólo han conseguido resultados momentáneos. Ellos, por su parte, sienten muy raras veces veleidades de colocarse en tal equilibrio inestable e incómoda postura.

Los caballos han tenido también sus grandes hombres. Pegaso muchos siglos antes de Jesucristo, inventó la locomoción aérea, estableciendo un curioso tipo de más pesado que el aire, a la par que vencía fácilmente a su rival humano, el desdichado Icaro, enamorado del Sol. Darío le debió a su caballo el trono de Persia, gracias también, justo es decirlo, a la astucia galante de su escudero. Otro, cuyo nombre no ha conservado la historia, pero que debería llamarse Don Juan, conquistó a la reina Semiramis, que le entregó su cuerpo, anonadada. Lo cual nos lleva a creer que la famosa soberana era, al menos bajo cierto aspecto, una mujer extraordinaria.

Nuestro buen Rocinante, que en hechos gloriosos y sonados no tiene que envidiar a ninguno, fué, en cambio, muy desgraciado con las yeguas. La única vez que sepamos se dedicó a ellas, salió maltrcho y humillado de la aventura. Aficionado como era a los asnos, puede fundadamente creerse que las malas compañías le perdieron.

Incitatus, el caballo de Calígula, ha sido entre sus hermanos el que hizo mejor carrera política, llegando a a senador y cónsul. Mas bajo este aspecto, forzoso es reconocer que los individuos del género Asinus, bien que corrientemente despreciados, consiguieron siempre mejor éxito, por poco que escondiesen las orejas. Así y todo Incitatus fué un senador discreto, de los que no hablan. En cuestiones religiosas, el caballo que tiró a San Pablo en el camino de Damasco nos parece haber sido aquel cuya influencia ha sido más transcendental. Fuese por defensa o por debilidad, en el momento de depositar violentamente en el suelo los pecadores huesos del presunto Apóstol, firmaba la conversión al Cristianismo de todo el Occidente.

"La vida es una carrera de caballos"

dijo años más tarde el Santo de Tarso. Mas de ser así, el no la hubiera ganado nunca.

En el cielo viven - y lo ponemos en presente, porque allí todo es eterno - algunos caballos. Al menos, unos cuantos de fuego, cuyo número desconocemos, que vinieron en cierta ocasión a la tierra para llevarse al al profeta Elías, y uno blanco, en el cual está montado reglamentariamente el Apóstol Santiago. Este animal - el blanco - debe ser nacido y criado en España, en las proximidades de Clavijo; pero debido a lo poco que en nuestro país se ha atendido a las genealogías animales, desconocemos completamente su origen.
El caballo de Nicomedes, que se dejó perecer voluntariamente de hambre a la muerte de su amo, puede citarse como predecesor del alcalde de Cork. Y tampoco han faltado entre ellos los heterodoxos y librepensadores. Maroco jugaba a los dados en Inglaterra con su amo Bemk, hacía adivinanzas y otros prodigios. El uno y el otro vinieron a portugal en tiempos de la dominación española, y el otro y el uno fueron, naturalmente, quemados como brujos por la Santa Inquisición.
Fué, pues, Maroco un mártir de sus ideas y de la sabiduría de su amo, así como tantos de sus hermanos lo han sido de la ignorancia de los suyos.

Los árabes, por selección esmeradísima, dentro de un núcleo selecto preservado de toda contaminación impura - es decir extraña -, por una casi deificación del caballo, llegaron a conseguir un tipo muy superior a todos los conocidos hasta entonces. Cometían aún graves errores, como era el trabajo prematuro impuesto a los potros y la inmovilidad constante de los sementales; pero, de todos modos, su sistema era infinitamente superior a todos los demás empleados por sus contemporáneos. Fueron los primeros en conocer el valor de la prueba, es decir, de la comparación de velocidad, y también de cómo se pueden transmitir y fijar los caracteres y propiedades individuales, hasta convertirlos en genéricos. Todo un pueblo dedicado religiosamente a esta labor durante siglos, llegó a producir regularmente ese tipo maravilloso y legendario de caballo que recibe el nombre de árabe.
Pero mientras en el mundo quede vida,  no se dirá en nada la última palabra, y los orientales fueron una vez más vencidos por los hijos de Occidente, valiéndose, es cierto, de sus propias armas. La importación del árabe a Inglaterra fué el primer eslabón de la cadena que había de conducir a esta superación.

En dos periodos es preciso dividir esta aportación del Oriente. Uno preliminar y fundamental, que abarca seis siglos (del XII al XVIII), que va transformando lentamente al elemento indígena, formando - por decirlo así -  el elemento hembra de la raza, la tierra  madre admirablemente labrada y abonada, dispuesta a maravilla para recibir la buena semilla. De la masa informe así formada se apartó por elección un primer núcleo de pequeño a fines del siglo XVII. Eran tiempos del reinado con Eclipse de los últimos Estuardos, despreocupados cortesanos, entre los que asoma la sarcástica mueca de Cromwell, fanático irónico, que se apoderó de las Royal Mares, y a cuya mirada de águila no se ocultó el fin necesario y los medios adecuados para alcanzarle. Mas no era el único en el país. Había llegado la hora de que el elemento masculino, la sangre sin contaminación, llegase a fundirse definitivamente con las yeguas madres (propongo este termino de yeguas madres, que me parece mucho más decoroso que ese plebeyo yeguas de vientre, usado hasta ahora), perdonándoles su pecado original a condición de que ni ellas ni sus hijos reincidiesen. Llegaron los tres grandes reproductores árabes - Darley Arabian, Godolphin Arabian y Byerley Turk - a vivíficar por vez postrera la vieja sangre indígena, ya tan diluida en la pura, a dar nombre y recoger los esfuerzos similares de tantas centurias, para cerrar definitivamente las fronteras de la nueva raza pura, formando su recinto sagrad, su clausura, en el que desde entonces nadie ha podido penetrar..
Termina entonces el periodo de gestación de la raza inglesa. Desde allí, no admitiendo por principio la mejora llegada del exterior - que lleva consigo inri y destierro -, será necesario buscar la selección por afinidad y contraposición, y, sobre todo por la repetición, regularidad y rigor de las pruebas, pues estas tienen que ser la base de toda selección, ya que la función crea el órgano. Son primero los tiempos de Eclipse - cuya historia se ha contado mil veces - y de Herod. Es preciso dejar pasar un siglo para llegar al nombre de Saint-Simon, el único cuya huella puede hoy día considerarse dentro de la raza como comparable a la de sus grandes progenitores.
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Desde los tiempos heroicos de la raza, ningún caballo ha tenido en ella una influencia semejante a la de Saint-Simon y por eso no ponemos ningún otro detrás de su nombre.
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El pura sangre inglés es el caballo más perfecto, es el caballo más caballo que existe en la tierra.
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¿Y el árabe? ¿Le habremos olvidado ya? Nada de eso. Le respetamos como al patriarca augusto que lo fue. Más le miramos únicamente en lo que permanece, como la momia venerable de un antepasado glorioso y prolífico, como un Tut-Ankh-Amon hípico y transcendental. Volver a él sería labor digna de la reina Penélope. Y nosotros no esperamos ningún Ulises
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Sirva de consuelo pensar que el buen escultor con cualquier barro hace una buena estatua. lo más importante es saberla hacer, y aunque la mala calidad de la materia prima haga a veces que se demore cuando estaba casi terminada, téngase paciencia pensando en que mientras vive su autor no hay obra definitivamente perdida para él. La obra de arte perfecciona a su propio autor a medida que va saliendo de sus manos. En cambio, las más divinamente dotadas se anquilosan y pierden en la inmovilidad todo su poder misterioso.



Adolfo Botín: "Maestro, Jefe de Jefes, e instructor de los mismos"





Chevi Sr

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