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17/10/12

EL BRIGADIER







EL BRIGADIER
EMPLEO ATÍPICO EN EL GENERALATO ESPAÑOL DE LOS SIGLOS  XVIII Y XIX

 

 

INTRODUCCIÓN.- El Brigadier; empleo romántico por excelencia en el seno de la milicia, que figuró durante dos siglos (XVIII y XIX) en los Anuarios y Escalafones superiores de nuestro ejército; a menos de medio paso del generalato pero sin adentrarse en él totalmente hasta mediados del Siglo XIX.

 

            Cantados en nuestra mejor lírica (quién no recuerda aquel soldadito que marchó a la guerra y le prometió a su novia que volvería luciendo los entorchados de brigadier), y citados con profusión en nuestra literatura costumbrista (Cadalso, Ramón de Mesonero Romanos, Pedro Antonio de Alarcón, Benito Pérez Galdós, etc. los reflejan en la mayoría de sus obras), así como en el cine y en el teatro (recuérdese la famosa obra “Angelina o el honor de un Brigadier” de Enrique Jardiel Poncela),  los brigadieres fueron, sin embargo, un empleo atípico entre los mandos superiores de nuestro ejército. Superiores al empleo de coronel e inferiores al de Mariscal de Campo, sus líneas de actuación nunca estuvieron bien definidas, sujetos siempre a la veleidosa voluntad de quien rigiera los destinos de la Nación u ocupase el sillón del Ministerio de la Guerra.

 

            Brigadieres ilustres, es obvio, fueron todos los Capitanes Generales de los Siglos XVIII y XIX, como Godoy, Espartero, O´Donnell, Narváez, Serrano, Concha (los dos hermanos), Prim, Polavieja, etc, algunos de ellos jovencísimos: Narváez, fue brigadier con 33 años, Diego de León con 29, Serrano y Prim con 28, O´Donnell con 27 y el récord de juventud lo ostenta Don Manuel de Godoy, Brigadier a los 24 años. (Aunque me supongo, que sin entrar a valorar sus posibles méritos a edad tan temprana, algo tendría que ver la Reina Maria Luisa en tan prometedor ascenso).(1)  A este tenor, llenas están las páginas de nuestra Historia de hechos heroicos y hazañas ilustres llevadas a cabo por brigadieres. Dos siglos de permanencia en el Escalafón y multitud de campañas a las que asistir dan para mucho en nuestro acervo militar. Traídos a España por Felipe V al inicio de su reinado, cosecharon también durante años una curiosa controversia, y es ello, que a pesar de vestir como los generales (sin faja hasta 1.866), no pasar a retirados, tener opción a Grandes Cruces, a una guardia personal en su domicilio compuesta por un cabo y cinco soldados, derecho a Ayudante de Campo cuando se encontrasen en situación de actividad, y en suma tratamiento y consideración de generales en todo y por todo, pues resulta que legalmente no lo fueron hasta 1.863, ratificados en el generalato por el Rey Don Amadeo en 1.871.

 

            Y es aquí donde surge la duda o la controversia a que antes hacía alusión. Si, como es sabido, la escala de Jefes ( hoy Escala de Oficiales) acababa – y acaba- en coronel y la de generales empezaba en Mariscal de Campo, ¿qué eran entonces los Brigadieres? Coroneles distinguidos o generales minorados. Voy a intentar responder a esta pregunta a través de las siguientes líneas.

 

            Llegada a España del Rey Felipe V (inicios del Siglo XVIII) y Guerra de Sucesión Española, donde por vez primera intervienen Brigadieres.

            El 28 de Febrero de 1.701, el Rey Don Felipe V pisaba por vez primera tierra española. En la orilla del Bidasoa fue despedido por una lucida comitiva francesa presidida por el Duque de Harcourt y el Marqué de Louville; en la orilla española esperaban al monarca una alta representación de la nobleza presidida  por el Condestable de Castilla.  Contaba Don Felipe 17 años y venía a ocupar el trono de España, en virtud de una cláusula testamentaria de su tío-abuelo Don Carlos II de España, toda vez que su abuela, la Reina Maria Teresa, esposa de Luis XIV de Francia, era hermana del monarca español fallecido sin sucesión.  La víspera de su partida hacia España, y en una gran despedida de la corte francesa, su abuelo, el Rey Luis XIV le dijo: “El Rey de España ha dado una corona a Vuestra Majestad. Los nobles os aclaman, el pueblo anhela veros y yo consiento en ello. Vais a reinar, Señor, en la monarquía mas vasta del mundo, y a dictar leyes a un pueblo esforzado y generoso, célebre en todos los tiempos por su honor y su lealtad. Os encargo que le améis y merezcáis su amor y confianza por la dulzura de vuestro gobierno”.

 
 

            Sin embargo, y pese a tan prometedoras palabras, muchos y muy graves serían los problemas que el joven Don Felipe de Borbón se iba a encontrar a la llegada a su nueva Patria. Una larga y muy cruenta “Guerra de Sucesión” iba a ensombrecer los primeros años de su reinado y a punto estuvo incluso de costarle la corona. Pretextando mejor derecho a la Corona de España, el Archiduque Don Carlos de Austria declaró la guerra a Felipe V, y auxiliado por Inglaterra, Portugal, Holanda y otras potencias celosas del poder que adquiría en Europa la Casa de Borbón, penetró en España al frente de un poderoso ejército, contando además, dentro de la Península con la alianza del Reino de Aragón y de Valencia, que reconocen al Archiduque y lo proclaman Rey en Barcelona.  En auxilio de su nieto acude, como es lógico, su abuelo Luis XIV, con el envío de un importante ejército al que se unen nuestros Tercios exhaustos y depauperados, que ya no son ni sombra de lo que fueron, así como algunas otras tropas de Castilla y del resto de España leales a Felipe V.  Pasa la guerra por distintas vicisitudes y desiguales fases –el Archiduque llegó a entrar por dos veces en Madrid, teniendo la Corte que trasladarse a Valladolid-, y Don Felipe toma el mando en persona del ejército con el que combate con gran arrojo y valentía, ganándose el sobrenombre de “El Animoso” con el que ha pasado a la historia. Tras sufrir algunos reveses, las tropas españolas vencen a las de Don Carlos en las célebres batallas de Almansa (1.707) y Villaviciosa (1.710), y esto unido a la feliz circunstancia de que el día 16 de Abril de 1.711 fallece sin sucesión el Emperador José I de Alemania, dejándole el trono a su hermano Don Carlos, lo que hace que éste renuncie al pleito que tiene entablado sobre la corona de España y abandone la guerra y la Península. Con la Paz de Utrech (1.713) se pone fin a la guerra, aunque todavía Barcelona resiste un asedio heroico, pero ya a todas luces inútil, hasta que el 22 de Septiembre de 1.714, se ve obligada a capitular y rendirse a las tropas de Felipe V, mandadas por el Duque de Berwich.

 

            El empleo de Brigadier se incorpora al Escalafón jerárquico del Ejército Español.-

            A la llegada a España del Rey Don Felipe V, el ejército español se encontraba sumido en la más honda decadencia y en la más grande ineficacia. En una sociedad sin estímulos, nuestros Tercios, estaban formados en su inmensa mayoría, por soldados procedentes del presidio, por desempleados de todas clases o por pobres de solemnidad, cuando no, refugio improvisado de los estratos más bajos de la sociedad. Los Tercios Españoles, otrora heroicos y brillantes carecían, al inicio del setecientos, de los mínimos recursos económicos y materiales, por lo que resultaban a todas luces ineficaces para poder actuar en una campaña, como la que ya se estaba dejando sentir en el suelo patrio. Es por esto, que una de las mayores preocupaciones de Felipe V nada mas tomar posesión de la corona de España, fuese la de plantear una amplísima reforma en el seno del ejército, para situarlo a la altura de los nuevos tiempos y de las difíciles circunstancias motivadas por el inicio de la guerra. Procedió, pues de inmediato Don Felipe a cambiar la denominación de los Tercios , que siguiendo la táctica del ejército francés, pasaron a llamarse Regimientos, cambiando asimismo el nombre de los jefes que habían de mandarlos, que de Maestres de Campo pasan a llamarse Coroneles.  Estos “Señores Coroneles” primeros jefes de un Regimiento, serían designados por  Su Majestad entre la alta nobleza titulada, y para el resto de Jefes y Oficiales se elegirían entre nobles e hidalgos con acreditadas patentes de nobleza e hidalguía. Los sargentos se elegirían entre los soldados mas distinguidos y estos últimos mediante levas, turnos de llamamientos forzosos (en la génesis del servicio militar obligatorio) y tropas mercenarias extranjeras. En cuanto a la organización de este ejército, es obvio, que educado Don Felipe en Francia bajo los auspicios de su abuelo Luis XIV, la Táctica, la Administración, la Justicia, la nomenclatura, etc, sería un calco del ejército francés. Surgen así por vez primera en nuestro vocabulario voces, palabras y empleos militares como cadete, subteniente, coronel, mariscal de campo, etc. que durante dos siglos (muchas todavía existen) van a figurar de forma y manera notoria en nuestros Anuarios y Reglamentos militares. Y junto a ellas, con aires románticos de leyenda, el empleo militar que nos ocupa en este artículo: EL BRIGADIER.

 

            Surgen los Brigadieres en nuestro ejército en 1.702, teniendo como antecedentes los nombramientos hechos por el Conde de Monterrey  en 1.674, en el ejército de los Países Bajos, quien a su vez los había tomado del ejército francés que los creó en 1.659. Por definición etimológica –nada más propio y oportuno que llamar brigadier al que manda una brigada- el empleo de Brigadier parece que encaja, en todo y por todo, dentro del generalato.  Sin embargo, no lo debió estimar así Don Felipe, según se desprende del tenor literal de una Ordenanza dictada por el monarca con fecha 10 de Abril de 1.702, en la que dice: “Que no se considera conveniente para mi Real Servicio que de Maestre de Campo o Coronel se pase de un golpe a ser Oficial General (el primer empleo del generalato quedaba fijado en Mariscal de Campo), sino que después de haber mandado un Tercio o Regimiento se aprenderá a hacerlo con cinco o seis juntos, mas o menos la cantidad necesaria para que un ejército se reparta en brigadas, tanto para la comodidad del servicio diario, como para poder hacer operar las tropas un día de acción”. Y añade la Ordenanza “Por consiguiente mandamos que sobre los Maestres de Campo o Coroneles haya Brigadieres.

            Brigadieres que debían ser elegidos entre coroneles que más se hubieran distinguido en el Real servicio, y a los cuales se les daba la opción de poder seguir al frente de su Regimiento. Y esta opción, de que un coronel al ascender a brigadier pudiese seguir mandando su Regimiento, es, a mi modo de ver, la causa de las dudas razonables que surgieron al definir si los brigadieres eran o no eran verdaderamente generales. Y es que sucede lo de siempre. Entre un brigadier recién ascendido y en situación “de cuartel” (equivalente a nuestra actual “disponible”) a medio sueldo y sin brigada que mandar, al menos durante un tiempo, y la posibilidad de poder continuar al mando del Regimiento como coronel-brigadier del mismo y con sueldo entero, no es de extrañar que muchos brigadieres optasen por esto último; al menos hasta que tuviesen la certeza de que el Rey les iba a proveer de las correspondientes “LETRAS DEL SERVICIO”, especie de credenciales que les permitían ejercer el mando a los Oficiales Generales;  cuyo primer empleo quedaba establecido –según la reiterada Ordenanza de 1.702- en Mariscal de Campo ( en la actualidad General de División), al disponer que “De Brigadier se ascenderá a Mariscal de Campo que es el primer grado de Oficial General y el que manda indiferentemente la Infantería, la Caballería y los Dragones”.

 

            El 5 de Mayo de 1.863, se aprobó en el Congreso de los Diputados un Proyecto de Ley, en cuyo artículo 72 se establecía que los brigadieres formaban parte del Estado Mayor General del Ejército; es decir se les declaraba de forma expresa Oficiales Generales. Pero debido a la inmediata disolución de las Cortes, el proyecto, aún ya aprobado, no pudo ser sancionado por la Reina Doña Isabel II.  De todas formas el primer paso ya estaba dado y desde entonces el tratamiento y la consideración de generales, se les otorgaba prácticamente, en todos los escritos y comunicaciones que se le dirigían. Una aspiración largamente sentida por los brigadieres fue la de poder usar la faja (o fajín) tanto de paisano, que entonces se llevaba, como de uniforme, al igual que sus compañeros del resto del generalato.  A tal fin, y accediendo la Reina a sus pretensiones, la Junta Consultiva de Guerra en su Resolución de 25 de Febrero de 1.866 establecía: “Que siendo conveniente que los brigadieres, por su categoría de Oficiales Generales, usaran al vestir de paisano un distintivo que indicara su clase, se les autorizaba, para que en los actos que no fueran del servicio militar, a llevar un fajín de color azul cobalto con el bordado de plata”. Fajín que al año siguiente (1.867) pasó a ser de color rojo, pudiendo llevarlo tanto de paisano como de uniforme.

 

            Por Real Decreto de Don Amadeo de Saboya, de 25 de Marzo de 1.871, se confirma a los brigadieres en la categoría de Oficiales Generales, correspondiéndoles el mando de las brigadas (se acabó aquello de poder seguir mandando un Regimiento), así como el desempeño de los destinos que determinaren las disposiciones reglamentarias, y el uso sobre el uniforme de una faja de color carmesí con borlas y un pasador de plata. La Ley  Constitutiva del Ejército (la 2ª, pues la primera fue la efímera de 1.821 en el Reinado de Fernando VII) de 29 de Noviembre de 1.878, mantiene a los brigadieres y mariscales de campo con esta denominación  en el Estado Mayor General, pero ya los nuevos tiempos y las nuevas corrientes hacían obsoletas ambas denominaciones, por lo que la Ley Adicional a la Constitutiva del Ejército de 19 de Julio de 1.889, los sustituye por Generales de Brigada y Generales de División respectivamente; utilizando ambos las mismas divisas sobre el uniforme, de plata para los generales de brigada y de oro para los divisionarios.

 

            CONCLUSIÓN.-  Brigadieres de nuestro ejército. Verdaderos generales de facto en todo y por todo, aunque no lo fueran “de iure” hasta bien mediado el Siglo XIX. A lo largo de dos siglos, y al frente de su Brigada  o Regimiento, los brigadieres escribieron con su sangre páginas muy gloriosas de nuestra historia, al combatir con honor y bizarría en los distintos campos de batalla donde España luchaba, tanto por su integridad y soberanía, como en unas muy cruentas e intestinas guerras civiles y dinásticas que ensangrentaron durante años nuestro suelo. Yo siempre los tuve por generales en mis escritos y conferencias y por eso los traigo hoy hasta estas líneas como modesto homenaje a su romántico empleo y entrañable recuerdo a su figura.                                               

                                                                                                        Sevilla,  Octubre de 2012 

Por Francisco Ángel CAÑETE PÁEZ
 Profesor Mercantil, Economista y Comandante de Infantería

 
1.        NOTAS
 
 Don Manuel Godoy, tuvo una espléndida e impresionante carrera militar.  A sus juveniles 17 años, su padre le compró una patente de “Guardia de Corps” e ingresó en tan prestigioso Cuerpo al inmediato servicio de los Reyes de España. Allí conoció a la entonces Princesa de Asturias y después Reina de España Doña María Luisa de Parma, esposa de Carlos IV, con la que, al parecer, intimó.  Promovido a Brigadier a los 24 años, a los 25 ya era Mariscal de Campo (General de División), a los 26 Teniente General y finalmente, como colofón a esta meteórica carrera militar, a los 28 años, fue promovido a Capitán General de los Reales Ejércitos.

2 comentarios:

Gonzalo Rodríguez-Colubi Balmaseda dijo...

Una vez más fantástico Cañete.Un sólo pero. Godoy no es que intimara "al parecer" con Mª Luisa de Parma, esposa de Carlos IV. Se organizaba guerritas, cortas y de poca monta, para parecer mas machito ante su amante. Eso sí se acordaba de traerle algún recuerdo a la vuelta. Naranjas por ejemplo,para el amanecer amoroso.
Después vendría el motín de Aranjuez...pero eso es otra historia distinta.

G. uillermo dijo...
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