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21/9/10

DE LOS JINETES A LOS CABALLEROS





Amigo Chevi: te mando este texto del historiador francés Pierre Grimal (una institución en el conocimiento de la Historia de Roma) de su libro, "El alma de Roma" que cuenta algunas cosas curiosas sobre "La caballeria romana". Tal vez expliquen algo. Un Abrazo,
Santi Cabanas Jr.


DE LOS JINETES A LOS CABALLEROS



Sí, Marco, claro que teníamos nuestros propios jinetes, los hemos tenido siempre, desde los tiempos de los reyes. Les llamábamos los «Rápidos» (Céleres). Cada una de las tres tribus aportaba una centuria de jinetes. En esa época, había tres tribus llamadas Ramnes, Tities y Luceresnombres cuyo significado se ha olvidado—, de forma que la caballería sólo contaba con trescientos hombres, pero cuando el rey Servio introdujo sus reformas y reorganizó el Estado, incrementó sus efectivos, y a partir de entonces el ejército romano dispuso de mil ochocientos jinetes para acompañar a la legión. Los cometidos de esta caballería podían ser muy diferentes.

En principio, le correspondía comenzar el combate, acosar al adversario y conseguir así que rompiera su formación de batalla, lo que le hacía más vulnerable. La caballería proseguía, pues, con más violencia y más fuerza, la acción de los vélites. Sin embargo, después de una primera carga, en la que se quitaban los bocados a los caballos, era difícil reagrupar al escuadrón. Los jinetes, dispersos en el campo de batalla, abandonaban su montura y luchaban a pie. Actuaban, pues, como una infantería de refuerzo, más o menos como los vélites. Y, en caso de necesidad, no dudaban en echar una mano a la infantería. Tanto es así, que los historiadores hablan de batallas en donde, gracias a los jinetes que combatían a pie, conseguimos la victoria.

Al principio, el rey era quien se encargaba de elegir a los jinetes entre los ciudadanos más ricos y nobles. Cada jinete debía disponer de dos caballos, con el fin, dice un historiador romano, «de tener siempre al menos uno fresco» durante el combate. Cada jinete percibía una suma de dinero para la manutención de sus monturas, lo cual no quiere decir que los «jinetes» (equites) no formaran una auténtica aristocracia. El jinete era responsable de sus caballos, y todos los años tenía lugar una ceremonia llamada transvectio equitum, la «revista de los jinetes», en la que debía presentar su caballo al censor para que éste comprobara si estaba correctamente cuidado y en buenas condiciones físicas. Esta revista permitía al jinete lucirse delante de todo el mundo, sobre todo cuando los censores le preguntaban qué campañas había realizado y bajo las órdenes de quién. Al ser preguntado Pompeyo acerca de sus victorias, respondió que él había realizado todas las campañas que debía, y que lo había hecho bajo sus propias órdenes. Lo que, al ser efectivamente el caso, provocó los aplausos de todos.


—¿En esa época se les ponía, como hacen los catafractas, una armadura completa a los caballos, que recubiertos con esas bandas de hierro y de cuero entrelazadas parecen invulnerables?

—A los romanos nunca les han agradados esos jinetes tan recargados, cuyos caballos están como aplastados bajo el peso de su coraza. Pero tuvieron que recurrir a ellos para poder luchar contra los bárbaros, quienes los utilizaban desde hacía mucho tiempo, cuando los romanos tuvieron que enfrentarse a ellos en Siria en la época en que los reyes griegos todavía reinaban allí. Pienso que la primera cualidad de la caballería debe ser su rapidez y ligereza, lo que es el caso cuando lleva el armamento tradicional: un simple cinturón de cuero, un escudo, también de cuero, y una lanza fina de una sola punta. Además, debe ir desprovisto de casco y de estribos, ya que estos últimos podrían perjudicar la agilidad del hombre al suministrarle unos apoyos engañosos. Por otra parte, me parece que hay menos nobleza cuando el jinete se transforma en fortaleza, es decir, cuando se encierra en una coraza y enclaustra en ella a su caballo. ¿No opinas lo mismo, Marco?

—Por supuesto. ¿Pero tú piensas que la guerra es un espectáculo? Quisiera que algún día me hablaras de los juegos en los que vemos a los combatientes enfrentarse en una arena.


—Ten por seguro que lo haré, aunque no me agrade demasiado asistir a ellos. Los gladiadores pueden ser valerosos, por supuesto, e incluso heroicos.
 Sin embargo, hay algo en ellos que me produce horror. Venden su valor y su habilidad en el combate, cuando la única justificación de la guerra es la defensa de la patria. Poner en peligro la propia vida por ella, por todo lo que representa, por nosotros mismos y por aquellos a quienes amamos, me parece bien. Hacerlo por dinero y para despertar la admiración del público, es decir, matar al adversario con el fin de demostrar la propia habilidad y recibir un salario por esto, me parece mucho menos noble. Pero estábamos hablando de los jinetes que se exponían, casi sin protección, a los ataques del enemigo y que, por este motivo, gozaban de una estima especial. Quisiera explicarte las consecuencias que ello tuvo para la historia de Roma.

Los jinetes gozaban desde siempre de unos privilegios que les situaban, en dignidad, por encima de los simples legionarios. De esa forma, siempre han estado exentos de prestaciones personales y han sido considerados como superiores a los centuriones que mandan unidades de infantería. Muy pronto se reconoció que formaban una clase aparte dentro de la ciudad, inferior a la de los senadores y superior a la de los ciudadanos menos afortunados. Después —todavía en la época de la Libertad—, en la ciudad había más ciudadanos con la fortuna exigida para servir en la caballería de los que necesitaba el ejército. De ese modo se creó una clase nueva, la de los caballeros romanos (equites Romani), los équites, que no sólo recibió unos honores especiales, sino también, muy pronto, unas funciones perfectamente definidas que no tenían nada de militar. No te recordaré cómo los caballeros fueron integrados en el cuerpo en el que se reclutaba a los jurados, especialmente a aquellos que tenían que entender en los procesos abiertos a los gobernadores de provincia por corrupción o por malversación de fondos. Eso forma parte de las disputas entre los órdenes que dividieron Roma durante los últimos siglos de la Libertad, y que hoy sólo son un desagradable recuerdo.


Así, poco a poco, los caballeros llegaron a desempeñar en el Estado un importante papel, comparable al del colegio senatorial, pero poseían varias ventajas sobre los senadores. Su participación en la vida política no estaba sometida a unas reglas tan estrictas. Por ejemplo, sabes que los miembros del orden senatorial tenían prohibido desde siempre dedicarse al comercio, sobre todo al de la banca, que era muy fructífero. Los caballeros, en cambio, se hicieron banqueros, y eso se convirtió en su especialidad. De ese modo, se vieron inducidos a organizar corporaciones de publicanos (publicani), que tenían la contrata para recaudar determinados impuestos. Ingresaban al Estado, por anticipado, el producto previsto y se encargaban de cobrar las sumas que debían los particulares. Como sabes, este sistema, que se inspira en el empleado en los reinos griegos, posee muchos inconvenientes y ha sido reformado a menudo por nuestros príncipes, sobre todo a partir de Nerón. Aparentemente, posee el mérito de aligerar las cargas del Estado, pero, si está mal controlado, agrava las que pesan sobre los ciudadanos.

Por todas estas razones, y por el hecho de tener prácticamente todo el monopolio del comercio en el Imperio, los caballeros se hicieron muy poderosos y recibieron honores especiales. Ya conoces el privilegio que poseen de ocupar las catorce primeras filas en el teatro, desde que un tal Roscio se las concedió por una ley especial en la época en que Cicerón fue cónsul. ¡Como verás, hace mucho tiempo! También conoces su traje, heredado de cuando eran soldados: el capote militar, la trabea, caracterizada por una banda púrpura, así como su túnica, que también lleva una banda púrpura entre el cuello y la cintura, lo que la asemeja a la de los senadores. Pero con una diferencia: la banda púrpura es más ancha en la túnica de los senadores. Sabes también que los caballeros, al igual que los senadores, tienen derecho a llevar un anillo de oro en el dedo. En su origen, aquél era de hierro, pero ya en la época de las guerras contra Aníbal fue sustituido por uno de oro.

                          (EL ALMA ROMANA. PIERRE GRIMAL)

5 comentarios:

Santi Z dijo...

Magnífica y clarificadora esta entrada de mi tocayo. Entre otras cosas dice:

"Los jinetes gozaban desde siempre de unos privilegios que les situaban, en dignidad, por encima de los simples legionarios. De esa forma, siempre han estado exentos de prestaciones personales y han sido considerados como superiores a los centuriones que mandan unidades de infantería."
De plena actualidad, la equivalencia que hoy hacemos entre Cabo de Caballería y General de Infantería, ahora sabemos que viene al menos desde el Imperio Romano.

Por otra parte también nos dice:

"...los caballeros fueron integrados en el cuerpo en el que se reclutaba a los jurados,..."

Clarificador también en cuanto a la sólida relación entre interventores y otros aspirinos con el ARMA.

scabanas dijo...

Sin duda Santi,aunque el autor es un "sabio" frances y yo soy hijo de un Coronel de Infantería, no puedo dejar de señalar que he sido (y soy claro) cabo 1º de Caballería.

Gonzalo R-Colubi dijo...

Ni que decir tiene que Santi Cabanas padre, además de Cor de Infantería, es jinete y caballerazo.
O sea que el artículo le viene al pelo

Santi Z dijo...

Por supuesto que Santiago Cabanas padre es Coronel de Infantería pero respira Caballería por todos sus poros, además esta equivalencia de Cabo de Caballería igual a General de Infantería es una broma que gastamos los jinetes y que solo muy pocos sabemos que además es verdad.

scabanas dijo...

Por mi parte acepto la equivalencia. Como me recuerda mi hermano Javier desde Canarias, nuestro padre fué Cabo de Caballeria antes de ser de Infantería.